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Las uniones saben que un niño garantiza la permanencia de la adulta que lo lleva hasta Europa, de modo que los venden, los asignan a otra mujer a cambio de unos euros. En realidad, para las mafias, las mujeres son simple género que proporciona rentabilidad en el negocio del traslado y que, después, refuerza dicha rentabilidad con el negocio de la prostitución y con la explotación de los niños.

Dan alias o nombres de pila y siempre se repiten cinco o seis que forman parte de la misma estructura, pertenecen a la misma organización", señala el inspector jefe de la Policía José Nieto. Las primeras mujeres en llegar a Europa se convirtieron entonces en explotadoras de sus propias conciudadanas. Ellas son las que se ponen en contacto con los captadores para que les envíen mujeres con las características demandadas, que pueden ser de su propia familia, y son las estructuras mafiosas las que garantizan que las chicas, de cualquier edad, lleguen a su destino.

Los niños acababan, como garantía, encerrados en pisos donde las verdaderas madres no volvían a verlos en dos o tres años y las madres falsas no volvían a verlos nunca. Ésas fueron las pistas que llevaron a pensar que los niños no eran suyos, que los llevaban sólo para quedarse y que los habían comprado o alquilado, o simplemente se los había asignado un mafioso.

Pruebas de ADN realizadas a raíz de esas sospechas, desde hace un par de años, confirmaron los temores de policías y de los trabajadores sociales. Estas mafias, a diferencia de las rumanas, por ejemplo, que necesitan una jerarquía de control sobre los explotados, no requieren de lugartenientes que vigilen a las personas a las que han esclavizado.

Puede que realicen alguna contravigilancia puntual pero, normalmente, no necesitan volver hasta pasados los cuatro días para recoger sus euros. Y eso hacen, intentar convencer a las explotadas de que otra vida es posible. En , la Policía Nacional llevó a cabo 28 operaciones con 92 detenidos y 39 víctimas. Los expertos advierten precupados: Ciudadanos le echa un órdago a Rajoy: La Policía realiza una redada en sedes de la Generalitat por el desvío de 10 millones para financiar el 'procés' Pablo Iglesias e Irene Montero reforman su chalet en plena consulta entre las bases de Podemos Seis jóvenes se enfrentan a 4 años de prisión por rehabilitar Fraguas, una aldea desahabitada de la sierra de Guadalajara Iglesias, tras la sentencia de Gürtel: El 'Bild' publica una foto de una turista desnuda en Mallorca: Investigan abusos sexuales a las temporeras de la fresa en Huelva: Condena del caso Gürtel: El Gobierno afirma que los hechos no le "afectan en modo alguno" La Fiscalía pide orden de busca y captura nacional e internacional para Valtonyc La tensión por la retirada de lazos amarillos llega al Parlament y Torrent suspende el pleno Morgan Freeman, denunciado por acoso por ocho mujeres: Edición España México Estados Unidos.

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La Venus de Milo del Sur de Madrid ha colocado sobre la hoguerita dos tablas de contrachapado que se sujetan una con la otra como un tejado y cubren su lumbre para que el agua y la noche no la apaguen.

Viste un tanga y unos tacones de charol blanco. El paraguas claro descansa sobre el hombro derecho y ella ladea sobre él la cabeza y suspende la mirada en el vacío, como esas chicas de los jardines de Renoir. Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella. Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi.

Siete de la tarde. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal.

Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante. Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta.

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Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. Casi no se las ve. Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto.

Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia.

También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María.

La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho.

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